La Copa Dorada
La Copa Dorada Detrás de este vidrio se escondía toda la historia de la relación que la Princesa había intentado ver, pegando la nariz al vidrio; el vidrio que quizá ahora la señora Verver estuviera golpeando frenéticamente, desde el otro lado, a modo de suprema e irreprimible petición. Complacida, Maggie se había dicho a sí misma, después de la última conversación con su madrastra en los jardines de Fawns, que no le quedaba nada más por hacer, y, en consecuencia, podía quedarse con las manos cruzadas. Pero ¿no le era posible avanzar más, y en satisfacción del orgullo personal, descender más bajo en su hostigamiento? ¿No le era posible atribuirle la función de portadora de un mensaje dirigido a Americo, en el que se expresara la angustia de su amiga, y se le convenciera de la necesidad a que estaba sometida? Maggie hubiera podido traducir los golpes de la señora Verver contra el vidrio, como antes he dicho, de cincuenta maneras diferentes, y quizá hubiera podido traducirlos en forma de un recordatorio que podía penetrar muy hondamente: «Tú ignoras lo que es haber sido amado y rechazado después. Nada se ha roto en tu caso, pues en ti ¿qué hay de valioso que pueda romperse? Nuestra relación fue todo lo que puede llegar a ser una relación llena hasta los bordes con el vino de la percepción consciente, y si esta relación estaba destinada a carecer de sentido, a no tener más sentido que el que un ser como tú podía insuflarle para tu dicha, ¿por qué tuviste que esgrimir conmigo el engaño? ¿Por qué tuviste que condenarme, al cabo de un par de años, a ver que la dorada llama —¡sí, la dorada llama!— se había transformado en negras cenizas?». En ciertos momentos, nuestra joven amiga se entregaba a cuanto de insidioso había en estas sutilezas de su piedad, condenadas de antemano, de manera que, a veces, durante minutos enteros parecía sentir el peso de un nuevo deber: el deber antes de que la separación formara el abismo; el deber de abogar por un beneficio que pudiera ser transportado al exilio, como el último objeto de valor conservado por el emigrante, como la joya envuelta en seda antigua, negociable algún día en el mercado de la miseria.