La Copa Dorada

La Copa Dorada

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La expresión empleada por la amiga de Maggie unos instantes antes, de la que se disculpó por considerarla vulgar, sonaba todavía en los oídos de Maggie prolongada en su estridencia, como el sonido de un timbre eléctrica cuyo botón se oprime sin interrupción. Expresado en sencillas palabras, ¿no era verdaderamente terrible que la posibilidad de que Charlotte anduviera detrás del hombre que durante tanto tiempo la había amado a ella, a Maggie, hubiera de ser tenida ahora en cuenta? Lo más extraño de todo era, sin duda, que Maggie se preocupara de lo que podía favorecer esta posibilidad y de lo que podía ir en contra de ella, y más extraño todavía era que se entregara en ciertos momentos a vagos cálculos sobre si era concebible que ella sondeara directamente a su marido acerca de aquel problema. Sería monstruoso que de repente, después de varias semanas, preguntara a su marido, como impulsada por una alarma: «¿Consideras que el honor te obliga a hacer algo por ella en privado antes de que se vayan?». Maggie era capaz de medir el riesgo que semejante aventura comportaba para su espíritu; era capaz de sumirse en breves ensimismamientos mientras conversaba, como ocurría ahora con la persona en quien más confianza tenía, aventurando posibilidades. También era cierto que la señora Assingham tenía la virtud, en semejantes momentos, de restablecer el equilibrio al no dejar de adivinar del todo los pensamientos de Maggie. Sin embargo, su pensamiento tenía varias facetas, una serie de facetas que se presentaban sucesivamente. Estaban las posibilidades anejas a la aventura de preocuparse de la cantidad de compensación que la señora Verver todavía pudiera esperar. También se daba la posibilidad de que ésta tuviera el poder suficiente para conseguir de Americo lo que quería, pues no cabía olvidar que lo había conseguido una y otra vez. Contra esto se alzaba la evidente creencia de Fanny Assingham, de que Charlotte se encontraba en una situación de impotencia, despiadadamente impuesta, o despiadadamente sentida, dada la actual relación entre las partes interesadas, además de todo lo que, desde hacía más de tres meses, había elevado a la Princesa a una convicción parecida. Era cierto que estas presunciones podían carecer de base: sobre todo si se tenía en cuenta que en la vida de Americo había horas y horas de las que, por costumbre, no daba cuenta ni mostraba la más leve intención de hacerlo; sobre todo, si se tenía en cuenta que Charlotte había tenido que ir más de una vez, con el manifiesto conocimiento de la pareja de Portland Place, a Eaton Square, de donde tantos objetos de su posesión estaban en trance de sacarse. Charlotte no fue a Portland Place, ni fue a almorzar en dos ocasiones en que la pareja que vivía en dicha casa tuvo conocimiento de que pasó el día entero en Londres. A Maggie le repelía comparar horas y apariencias, dar vueltas a la idea de si había habido momentos oportunos o fáciles circunstancias en el curso de los últimos días para un encuentro; si en un ambiente que la estación veraniega había limpiado de miradas curiosas, había sido posible una entrevista improvisada. Pero la razón radicaba, parcialmente, en que Maggie, atormentada por la visión de aquella pobre mujer comportándose con tanta valentía por haber hallado el secreto de no dejarse apaciguar, se daba cuenta de que en su mente quedaba poco espacio para alojar una imagen alternativa. La imagen hubiera sido aquélla en que el secreto tan bien guardado era el secreto de un apaciguamiento en cierta manera conseguido, en cierta manera obtenido con coacciones, y luego íntimamente amado. La diferencia entre las dos clases de ocultación era tan grande que no permitía la confusión o el error. Charlotte no ocultaba orgullo ni alegría, sino que ocultaba humillación; y éste era el punto en que la pasión de la Princesa, tan incapaz de vengativos vuelos, arañaba su ternura con más tesón contra el duro vidrio de su pregunta.


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