La Copa Dorada

La Copa Dorada

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—¿Por qué no? —repuso Maggie.

Por un instante sus miradas se encontraron íntimamente. Después la mayor de las dos mujeres dijo:

—Quería decir verle a solas.

—Eso mismo quería decir yo —observó la Princesa.

Fanny Assingham, por razones que ella sabría, no pudo reprimir una sonrisa:

—¡Claro! ¡Por esto se queda el Príncipe!

—Se queda, según he podido averiguar, para aceptar cuanto le ocurra. Para aceptar incluso esto.

Después la Princesa expresó estas palabras como lo había expresado en su fuero interno, sólo para ella:

—Se queda por un alto concepto de la decencia.

Grave la voz, la señora Assingham preguntó:

—¿Decencia?

—Decencia. Por si ella intenta…

—¿Qué? —apremió la señora Assingham.

—En fin, tengo esperanzas…

—¿Esperanzas de que él la vea?

Maggie dudó, pero no dio una respuesta directa. Dijo:

—Es inútil tener esperanzas. No lo intentará. Pero él estaría obligado.


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