La Copa Dorada
La Copa Dorada Después de decir esas palabras, guardó silencio, pero el tono en que las pronunció motivó en su amiga una nueva reacción:
—Ustedes dos piensan con profundidad abismal y, al mismo tiempo, serenamente. Y esto es lo que les ha salvado.
A estas palabras, Maggie repuso:
—Esto es, desde el momento en que descubrieron que podíamos pensar, lo que les ha salvado a ellos. Sí, porque son quienes se han salvado; nosotros somos quienes nos hemos perdido.
—¿Perdido?
—Perdido el uno al otro, mi padre y yo.
A continuación, al ver que su amiga se resistía a aceptar lo que acababa de decirle, lúcidamente declaró:
—Sí, nos hemos perdido el uno al otro mucho más de lo que Americo y Charlotte se han perdido para sí; para ellos esto es lo justo, lo adecuado, lo merecido, en tanto que, en nuestro caso, sólo es triste, extraño y en modo alguno resultado de nuestra culpa.
Maggie guardó silencio unos instantes y prosiguió:
—Pero no sé por qué hablo de mí, es mi padre la persona que paga las consecuencias. Le dejo irse.
—Le deja irse, pero no le obliga.
—Acepto que se vaya.