La Copa Dorada

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—¿Y qué otra cosa puede usted hacer? La Princesa repitió:

—Acepto que se vaya. Después añadió:

—Hago lo que desde el principio sabía que haría inevitablemente. Me libero, renunciando a él.

La señora Assingham osó objetar:

—¿Y si es él quien renuncia a usted? ¿Acaso ello no corona el propósito con que se casó, el propósito de transformarla a usted en un ser más libre, y dejarla así?

Maggie le dirigió una larga mirada y repuso:

—Sí, y yo le ayudo a hacerlo.

La señora Assingham dudó pero, al fin, su valentía salió a relucir:

—¿Por qué no llamarlo francamente la coronación de su éxito?

—Bueno, esto es lo único que puedo hacer.

La señora Assingham ingeniosamente observó:

—Es un éxito al que usted, sencillamente, no ha puesto obstáculos.

Y como si quisiera demostrar que no había hablado a la ligera, Fanny Assingham añadió:

—¡Y él lo ha convertido en un éxito para ellos!

Maggie se mostró de acuerdo:

—Así es.

Y enseguida añadió:


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