La Copa Dorada

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El Príncipe se encontraba en su aposento, en donde pasaba a menudo buenos ratos a solas. A su alrededor tenía media docena de periódicos abiertos, entre los que cabía distinguir Le Figaro y el Times, aunque el Príncipe, con un cigarro entre los dientes y la frente visiblemente nublada, parecía dedicado a pasear por el cuarto. Maggie hasta el momento, al ir al encuentro de su marido, lo cual hacía en los últimos tiempos varias veces, impelida por una y otra necesidad, jamás había recibido una impresión tan clara de fuerza suprema: por ignoradas razones, en el momento de entrar, Americo dio rápidamente media vuelta sobre sí mismo. Ello se debió, en parte a la expresión del rostro de Americo, que parecía como sofocado por la fiebre, lo que trajo a la mente de Maggie la acusación que Fanny Assingham le había dirigido recientemente, bajo aquel mismo techo, de «pensar» de manera impenetrable. Estas palabras habían quedado grabadas en su mente y la habían inducido a pensar más y todavía más impenetrablemente, por lo que, al principio, en el aposento de su marido, se sintió responsable de provocar en él la irritación resultante de unas dudas que ella no había querido provocar. Durante los últimos tres meses, Maggie había tratado a su marido, y tenía perfecta conciencia de ello, animada por una constante idea de la que jamás le había hablado; pero en última instancia lo que había ocurrido era que Americo la miraba de vez en cuando de manera que parecía percibir la presencia no de una idea, sino de cincuenta, diversamente preparadas para diversos usos que debía tener en cuenta. De una manera casi extraña, se dio cuenta de que se alegraba de haber ido al encuentro de su marido con algo tan poco abstracto como un telegrama. Después de penetrar en la prisión de Americo con semejante pretexto, mientras sus ojos se fijaban en la cara de su marido y recorrían las cuatro paredes que encerraban la inquietud del Príncipe, se dio cuenta de la virtual identidad de la condición de su marido con el aspecto de la situación de Charlotte para la que Maggie, a principios de verano y en toda la amplitud de una gran mansión, había hallado la imagen de una jaula cerrada. Americo le causó la impresión de estar enjaulado, de ser un hombre que no podía, sin producir un efecto instantáneo en la sensibilidad de Maggie, empujar instintivamente la puerta que ella no había dejado perfectamente cerrada a su espalda. Americo había estado revolviéndose en veinte distintos sentidos, impulsado por impaciencias que eran exclusivamente suyas; tan pronto Maggie estuvo en su compañía, volvió a parecer que ésta hubiera entrado en su más que monástica celda para ofrecerle luz o alimento. Sin embargo, se daba una diferencia entre el cautiverio de Americo y el de Charlotte, la diferencia consistente en que Americo se encontraba allí escondido por voluntad propia y propia decisión, lo cual quedó reconocido con el sobresalto que la entrada de Maggie le produjo, como si incluso este acto fuera una intromisión. Esto fue lo que delató el temor que Americo sentía a sus veinte ideas, y lo que, al cabo de un minuto, indujo a Maggie a sentir deseos de repudiar o de explicar. Era más maravilloso de lo que ella hubiera podido expresar; era, en todos los sentidos, como si Maggie hubiera comenzado a triunfar sobre Americo en medida superior a sus propias intenciones. Durante estos instantes, tuvo la impresión de que Americo exageraba, que aquella imputación de propósitos había alcanzado para él una altura excesiva. Hacía un año que Maggie había comenzado a preguntarse cómo podía conseguir que Americo pensara más en ella y la juzgara mejor; pero, a fin de cuentas, ¿qué era lo que ahora pensaba Americo? El Príncipe tenía la vista fija en el telegrama, que había leído más de una vez, a pesar de lo fácil que era comprenderlo, incluso teniendo en cuenta sus implícitas excusas. Durante estos momentos, Maggie sintió unas ansias que casi le causaron miedo. Poco le faltó para dar a entender de una manera u otra lo que dio a entender en los jardines de Fawns ante Charlotte: que había acudido verdaderamente desarmada. Maggie no estaba erizada de intenciones; por la impresión que Americo le causaba en esta ocasión, Maggie apenas sabía qué se había hecho de la única intención con la que había ido al encuentro de su marido. Sólo tenía su vieja idea, la idea que él ya sabía, sin siquiera la sombra de otra. En realidad, cuando hubieron pasado cuatro o cinco minutos, llegó el momento en que Maggie ni siquiera tenía una idea. Americo le devolvió el papel, preguntándole si deseaba que hiciera algo.


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