La Copa Dorada
La Copa Dorada Maggie quedó allí mirando a Americo, que doblaba el telegrama como si se tratara de un documento precioso, conteniendo en todo instante el aliento. De repente, y como si fuera resultado de que entre ellos sólo hubiera aquellas pocas palabras escritas, ocurrió un hecho extraordinario. Americo estaba con ella como si fuera suyo, suyo en una gradación y a una escala, con una intensidad y una intimidad, que eran nuevas; que eran algo extraño, algo como la irrupción de una ola que les liberaba del lugar en que habían estado clavados, y les causaba la impresión de estar flotando. ¿Qué fue lo que impidió que al impulso de esta ola Maggie alargara las manos hacia Americo y se abrazara a él, como en pasados tiempos, con el impulso que Americo y Charlotte habían conspirado en secreto para infundírselo? Maggie a menudo había sentido el impulso de abrazarse a su padre. Sin embargo, no hizo todavía nada inconsecuente, aunque no podía decir, por el momento, qué fue lo que la salvó. En el momento en que hubo terminado de doblar cuidadosamente el telegrama, Maggie hizo algo que era meramente útil:
—Sólo quería que lo supieras, no fuese que, por casualidad, no coincidieras con ellos. Sí, porque es la última vez.
—¿La última vez?
—Considero que es su adiós.