La Copa Dorada

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Maggie no había podido saberlo con seguridad de antemano, y, desde luego, no lo había sabido, pero el más inmediato resultado de estas palabras fue que Americo le dio a entender que no consideraba que estas palabras fueran una burda exageración en la ironía o en la ignorancia. En verdad, nada en el mundo fue tan dulce para ella como las palabras de su marido al intentar reaccionar con la seriedad suficiente para no cometer error alguno. Maggie le había dejado preocupado, lo cual no había sido su propósito, ni mucho menos. Le había dejado desorientado, pero no pudo evitarlo y le importaba relativamente poco. Entonces, se dio cuenta de que Americo estaba dotado de una muy considerable simplicidad, simplicidad que jamás había osado presumir en él. Fue un descubrimiento propio, con el que lo contrastaba todo, en busca de hallar verdadera medida pero que le dio una sensación de novedad. Y, a la luz de este descubrimiento, volvió a percatarse de las muchas cosas de que su marido la creía capaz. Evidentemente, todas estas ideas eran raras para él, pero Maggie, al paso de los meses, había sabido crear la impresión de que podían ser ideas sustanciosas. Y, ahora, allí estaba él, hermoso y sombrío, contemplando lo que su esposa le había dado. Maggie tenía la seguridad de que en la mente del Príncipe había algo, un conocimiento propio, con el que lo contrastaba todo, en busca de hallar verdadera medida y significado. Americo jamás había abandonado aquello, desde el día, desde semanas atrás, en que Maggie, en su aposento, después de que él se enfrentara con la copa de Bloomsbury, lo había plantado en la mente de su marido, al espetarle, refiriéndose al tema de la opinión que su padre tenía de él, su decidido «Descubre el resto por ti mismo». Al paso de los meses, Maggie se había dado cuenta de que Americo lo había intentado, había intentado averiguarlo, y, sobre todo, había procurado cuidar las apariencias para que ningún conocimiento que pudiera llegarle, procedente de cualquier fuente, fuese con violencia, y sí con una penetración más sutil. Sin embargo, nada había llegado a él, nada con lo que él pudiera contar en su beneficio se había desprendido, para su conocimiento, ni siquiera del anuncio, suficientemente repentino, de la secesión de sus parientes. Charlotte sufría, Charlotte vivía torturada, pero él mismo le había dado motivos suficientes para ello, y, en lo tocante a todo lo demás que hiciera referencia a la obligación que Charlotte tenía de seguir a su marido, este personaje y Maggie habían barajado de tal manera todos los eslabones de causa y efecto que la intención seguía, al igual que ciertas famosas frases poéticas escritas en una lengua muerta, sujeta a diversas interpretaciones. Y lo que renovaba la oscuridad en que Americo se encontraba era la extraña imagen con que Maggie le había hecho aquella oferta en común, por parte de ella y de su padre, de una oportunidad de despedirse de la señora Verver con las debidas formalidades, máxime si se tenía en cuenta que él, de una manera harto patética, no podía permitirse el lujo de rechazarla, so pretexto de apariencia y buen gusto. Sin embargo, para el Príncipe, el buen gusto, en cuanto criterio regulador de su comportamiento, había quedado atrás, ya que, ¿quién podía decir que una de las cincuenta ideas de Maggie, o quizá cuarenta y nueve de ellas, no viniera a decir exactamente que el buen gusto en sí mismo, aquel buen gusto al que el Príncipe siempre había conformado su actitud, careciera de toda importancia? De todas maneras, ahora, el Príncipe estimaba que Maggie hablaba con toda seriedad, y esto suponía la principal razón de que ella se aprovechara como quizá jamás podría volver a aprovecharse. Estaba así reflexionando en el preciso instante en que el Príncipe, en contestación a sus últimas palabras, hizo una observación que, si bien era perfectamente congruente y justa, a ella le pareció, al principio, rarísima:


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