La Copa Dorada
La Copa Dorada —Están haciendo lo más prudente. SÃ, porque, caso de irse…
Y el PrÃncipe, por encima de su cigarro, miró a su esposa. Dicho en pocas palabras, sÃ, en caso de irse aquél era el momento en que debÃan hacerlo, teniendo en consideración la edad del padre de Maggie, la necesidad de iniciar a Charlotte en las tareas que les aguardaban, la general magnitud del trabajo de asentarse de nuevo, de aprender a vivir en su extraño futuro, habida cuenta de todo lo anterior, ya era hora de que reunieran el valor suficiente para comenzar a ponerlo en práctica. Esto era perfectamente lógico, pero no tuvo la virtud de parar los pies a la Princesa, quien al momento ya habÃa hallado la forma con que revestir su reto:
—¿Pero ni siquiera echarás un poco en falta a Charlotte? Es hermosa, es maravillosa, y su marcha, para mÃ, es algo asà como si fuera a morirse, aunque no fÃsicamente, claro está, ya que es una mujer espléndida y se halla aún muy lejos de renunciar a la vida. Pero, sÃ, muere para nosotros dos, para ti y para mÃ. Y el hecho de que nos deje tantos recuerdos suyos, tanta parte de sà misma contribuye a darnos esta sensación.
El PrÃncipe fumó pensativo durante un minuto, y, al fin, dijo:
—Tal como tú dices, es espléndida, y siempre queda y siempre quedará, con nosotros, gran parte de ella.