La Copa Dorada

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La Princesa repuso a estas palabras:

—A pesar de todo, tengo la impresión de que no nos separamos totalmente de ella. Sí, por cuanto, ¿cómo es posible que no pensemos siempre en ella? Parece que su desdicha nos haya sido necesaria, como si la hubiéramos necesitado, en su perjuicio, para formarnos, para que comenzáramos a recorrer nuestro camino.

El Príncipe meditó estas palabras, y les dio respuesta con una pregunta:

—¿Y por qué hablas de la desdicha de la esposa de tu padre?

Intercambiaron una larga mirada, una mirada que duró el tiempo que Maggie necesitó para encontrar una contestación:

—Porque no puedo dejar de hacerlo.

—¿No puedes?

—Si no hablara de ella, tendría que hablar de él. Y no puedo hablar de él.

—¿Te es imposible?

En tono tajante, indicativo de que no iba a repetir jamás aquella negativa, Maggie dijo:

—Imposible.

A pesar de lo cual, Maggie añadió:

—Concurren muchos elementos. Y mi padre es demasiado grande.

El Príncipe miró la punta de su cigarro, y, mientras volvía a llevárselo a los labios, dijo:


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