La Copa Dorada
La Copa Dorada —¿Demasiado grande, para quién? Después de dudar, añadió:
—No, querida, no es demasiado grande para ti. Para mÃ, sÃ, todo lo que quieras.
—QuerÃa decir que es demasiado grande para mÃ. Y sé muy bien por qué lo digo. Con esto basta.
El PrÃncipe volvió a mirarla como si con sus palabras sólo hubiera con seguido aumentar su desorientación. Juzgó que el PrÃncipe estaba a punto de preguntarle por las razones por las que pensaba asÃ; pero sus ojos mantuvieron su expresión de advertencia en contra, y fueron otras las palabras que el PrÃncipe pronunció al cabo de un minuto:
—Lo importante es que eres su hija. Por lo menos tenemos esto. Y si puedo añadir algo diré que esto, por lo menos, lo valoro debidamente.
—SÃ, sé perfectamente que lo valoras. Y, en cuanto a mà hace referencia, diré que de ello saco cuanto provecho puedo.
El PrÃncipe también meditó estas palabras, que le indujeron a emitir un sorprendente juicio.
—Charlotte hubiera debido conocerte. Lo veo con toda claridad. Hubiera debido conocerte mejor.
—¿Mejor que tú?
Gravemente, el PrÃncipe afirmó:
—SÃ, mejor que yo. Charlotte no te conocÃa en absoluto. Y todavÃa no te conoce.