La Copa Dorada
La Copa Dorada Sin embargo, menos afortunado que su esposa, a pesar de la riqueza de su léxico, el coronel aún no había encontrado la imagen que expresara el juego favorito de la señora Assingham. Lo único que el coronel podía hacer era dejar que jugara a su propio juego, emulando con ello la filosofía que ella tenía con respecto a él. Muchas eran las noches en que el coronel estaba hasta la madrugada analizando las situaciones que con tanta abundancia se planteaban en la conciencia de su esposa; pero jamás había dejado de alegar que nada había en la vida, nada había en el vivir de su esposa, que pudiera constituir una situación para él. La señora Assingham podía hallarse en cincuenta situaciones si quería, lo cual es a fin de cuentas lo que gusta a las mujeres ya que, cuando se cansan de una situación, siempre hay un hombre, de lo cual tienen clara conciencia, que las saca del apuro. De todas maneras, el coronel no estaba dispuesto, pasara lo que pasare, a encontrarse en una situación, fuera la que fuere, que se le hiciera propia y ni siquiera a participar en una situación con su esposa. En consecuencia, contemplaba cómo su mujer se desenvolvía en su elemento favorito, igual que a veces había contemplado en el acuario a aquella celebrada señora que con un breve y ceñido traje de baño daba volteretas y hacía otros ejercicios parecidos en aquel tanque de agua que tan frío e incómodo parecía a quienes no fueran anfibios. Aquella noche, el coronel escuchaba a su cónyuge mientras fumaba su última pipa y la observaba en el curso de su demostración, igual que si hubiera pagado un chelín para ello. Sin embargo, era cierto que esperaba la debida compensación del desembolso. ¿De qué diablos se mostraba tan inclinada a sentirse responsable? ¿Qué imaginaba que iba a ocurrir? Y, en el peor de los casos, ¿qué podía hacer aquella pobre muchacha, en el supuesto de que quisiera hacer algo? ¿Y qué cabía imaginar que la muchacha se propusiera?