La Copa Dorada
La Copa Dorada La noche estaba ya avanzada, la señorita que había desembarcado en Southampton aquella mañana para llegar con el «vapor especial», que se había alojado en un hotel sólo para volver a alojarse un par de horas después en una casa particular, se encontraba en estos momentos, según esperaban los esposos Assingham, descansando pacíficamente de sus hazañas. A la cena habían asistido dos hombres, compañeros de armas y algo zarandeados de los mismos tiempos del coronel, a quienes la señora Assingham había invitado, un tanto negligentemente, el día anterior; cuando los caballeros, después de la cena, volvieron a reunirse con las señoras en la sala, Charlotte ya se había retirado, alegando fatiga. Sin embargo, los chasqueados guerreros se quedaron hasta tocadas las once. La señora Assingham, a pesar de que, como ella decía, no se hacía ilusión alguna en lo tocante al modo de ser de los militares, invitaba y chasqueaba constantemente a viejos soldados. Y, como quiera que el coronel había llegado, antes de la cena, con el tiempo justo para cambiarse de ropa, hasta el presente no había sido convocado por su cónyuge para examinar la situación que, como ahora acababa de saber, la llegada de su invitada había creado. Habían tocado ya las doce, la servidumbre había recibido autorización para retirarse, por la ventana abierta al aire agosteño, había dejado de penetrar el ruido del tráfico de la calle; él había estado durante todo este tiempo enterándose de lo que debía enterarse. Las palabras consignadas más arriba, emitidas por Robert Assingham, representan, por el momento, la esencia de su espíritu y de su actitud. Declinaba, y así se condenara si no lo hacía —expresiones ambas que utilizaba reiteradamente—, todo género de responsabilidad. Pese a ser el hombre más sencillo, más sensato y más cortés que quepa imaginar, el coronel se entregaba habitualmente a los excesos verbales. En cierta ocasión, su esposa, refiriéndose al habla impetuosa del coronel, le dijo que semejantes excesos le inducían a acordarse de cierto general retirado al que una vez vio jugando con soldaditos de juguete, librando y ganando batallas, sitiando plazas y aniquilando enemigos, con pequeñas fortalezas de madera y pequeños ejércitos de soldaditos de plomo. El exagerado énfasis de su marido era su caja de soldados de juguete, su juego militar. Satisfacía inocentemente en su vejez su instinto militar. Las palabras fuertes, en número suficiente y debidamente dispuestas para que produjeran mayor efecto, podían representar batallones, escuadrones, tremendas andanadas y gloriosas cargas de caballería. Era natural, era delicioso, representaba para él, y también para ella, el encanto de la vida de campamento, del perpetuo rugir de los cañones. Significaba luchar hasta el final, luchar hasta la muerte, sin matar a nadie.