La Copa Dorada
La Copa Dorada —¡Si alguna vez, desde el principio de los tiempos, ha habido un hombre que haya actuado con buena fe…!
Pero el PrÃncipe dejó su oferta en este punto. Entonces, cuando pasó el tiempo preciso para que estas palabras se asentaran cual un puñado de polvillo de oro arrojado al aire, Maggie dio muestras de una extraña y profunda aprehensión:
—Comprendo.
Evidentemente, al cabo de un instante, el completo carácter de esta manifestación pareció divino al PrÃncipe, quien sólo pudo decir:
—Oh, Dios mÃo, Dios mÃo…
Ahora, Maggie hablaba con toda libertad:
—Has guardado silencio durante mucho tiempo.
—SÃ, sÃ, sé perfectamente lo que he guardado. Sin embargo, ¿puedes hacer una cosa más, otra todavÃa, en mi beneficio?
Durante un instante, y hallándose la Princesa nuevamente vulnerable, pareció que estas palabras fueran a hacerla palidecer:
—¿Es que aún puedo hacer una cosa más?
Estas palabras oprimieron una vez más en el PrÃncipe el resorte de la sensación de lo inexpresable:
—Oh, Dios mÃo, Dios mÃo…
Sin embargo, nada habÃa que la Princesa no pudiera decir: