La Copa Dorada
La Copa Dorada Cuando de esta manera la Princesa hubo arrancado, como solía ocurrir, el denso aliento de lo definitivo, que era el ambiente de lo íntimo, de lo inmediato, de lo familiar, durante largo tiempo ausente en el vivir de la Princesa, volvió a alejarse del Príncipe y puso la mano en la manecilla de la puerta. Pero, al principio, la mano de la Princesa quedó allí, sin agarrar la manecilla. Ahora, tenía que hacer otro esfuerzo de dificultad redoblada por todo lo que había pasado entre ellos, el esfuerzo de alejarse del Príncipe, cuya irresistible presencia lo impregnaba todo. Había algo que la Princesa no hubiera podido decir qué era. Parecía que, encerrados los dos juntos, hubieran llegado demasiado lejos, demasiado lejos teniendo en cuenta el lugar en que se hallaban, por lo que el mero hecho de alejarse de él parecía un intento de recobrar lo perdido, lo desaparecido. Maggie se había llevado con ella algo que, al cabo de diez minutos, y principalmente durante el transcurso de los tres o cuatro primeros, había resbalado de ella, por lo que ahora resultaba inútil, ¿o no?, hacer esfuerzos para aparentar tenerlo o recogerlo. En realidad, esta sensación era dolorosa, y Maggie vaciló, intensamente, durante aquel largo momento, casi aterrada ante su infinita capacidad de aceptación. Realmente, bastaba con que Americo presionara para que ella cediera, punto por punto, y en los presentes momentos sabía, mientras lo miraba al través de la nube en que se hallaba, que la confesión de este preciso secreto estaba allí, al alcance de la mano de su marido. Esta sensación fue extraordinaria. Su debilidad, su deseo, en tanto Maggie no se hurtó a ellos, afloraron a su rostro, como una luz o como una sombra. Buscó palabras que lo encubrieran, y volvió a abordar la cuestión del té, igual que si ellos dos no fueran a verse antes: