La Copa Dorada

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Maggie, al decir, de forma totalmente espontánea, estas palabras, había dado una nota, había dado la nota, la nota de aquel carácter extrañamente aceptado de manera definitiva, entre una y otra pareja, que casi sólo se hurtaba de ser embarazosa por no intentar ser brillante. Sí, en esto radicaba lo maravilloso, en que la ocasión rechazaba la insistencia debido a los vastos valores que la formaban, por lo que la separación se hallaba en una categoría que se hurtaba a las medidas de lejanía. Comportarse de acuerdo con lo que aquellos momentos significaban hubiera equivalido a poner en tela de juicio aquello que constituía su propia base, y ésta fue la razón por la que los cuatro permanecieron suspendidos en lo alto, en el aire, unidos por la más firme decisión de no presionar. Evidentemente, en momento alguno, hallándose cara a cara, Americo o Charlotte habían ejercido presión alguna, y Maggie, por su parte, no necesitaba recordar cuán poco era el peligro de que ella la ejerciera. Ella estaba igualmente segura de que su padre tampoco la ejercería ni siquiera con un dedo del pie. El único problema radicaba en que, como sea que su padre no coaccionaba, Maggie contenía el aliento en espera de ver qué haría.

Al término de tres minutos más, su padre, con cierta brusquedad, dijo:

—Bueno, Mag, ¿y el Principino?


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