La edad ingrata

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El padre de dicho joven guardó silencio un momento. Y observó:

—Posiblemente… si no se ponen muy altaneros.

—Oh —dijo la madre—, se pongan como se pongan, Harold sabe darles ciento y raya.

—También sabe comportarse como un borrico empedernido. A lo que me refería es a cómo ha conseguido que estén dispuestos a dejarlo entrar allá —explicó Brookenham.

—Canastos, igual que lo conseguiría cualquiera: habiendo sido invitado. Ella le escribió, semanas atrás.

Ante este hecho Brookenham se sintió discerniblemente impresionado, aun cuando no habría sido posible decir si su satisfacción excedía a su sorpresa:

—¿A Harold? Qué gentileza. —Dedicó otro instante a meditar, tras el cual prosiguió—: Si no envían un cochero, lo espera un paseo de ocho kilómetros en calesa… y el conductor no estará dispuesto a hacerlo gratis.

—Enviarán un cochero… teniendo en cuenta la carta que ella le escribió.

—¿Eso ponía?

La melancólica mirada de la señora Brookenham semejó repasar, a distancia, aquella hoja:

—No me acuerdo… pero la carta era muy afectuosa.


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