La edad ingrata

La edad ingrata

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—Ahora veo que yo debía de saber una barbaridad de cosas cuando era niña.

—¡Ah! —reiteró su compañero.

—Quiero que el señor Longdon se tome interés por nosotros. Especialmente por nuestros hijos. Tenemos que agradarle —continuó desarrollando su idea—. Será una especie de «justicia poética». Él mismo se da cuenta de las razones y no debemos malograrlo. —Por un momento les dio vueltas a todas las posibilidades, pero lo que éstas produjeron fue otro suave gemido—: El quid está en que no veo cómo puede agradarle Harold.

—En ese caso no le prestará dinero —dijo Brookenham.

Esta contingencia también la consideró ella:

—Me haces sentirme como si deseara que se lo prestase, lo cual es sumamente ignominioso. Y creo que en realidad tampoco le agrado yo —continuó.

—¡Ah! —exclamó una vez más su marido.

—Quiero decir que no le agrado en realidad. Él no tiene más remedio que intentar apreciarme. Pero dará lo mismo —comentó a continuación.

—¿Quieres decir que dará lo mismo que lo intente? —inquirió Brookenham.

—No: dará lo mismo que no lo logre. Se portará de la misma forma. —Lo vio todo con serenidad y penetración—: Por el recuerdo de mamá.


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