La edad ingrata
La edad ingrata Su marido, asimismo, con su perfecta ecuanimidad, lo encaró de frente:
—¿Y también (por el recuerdo de tu madre) me apreciará a mi?
La señora Brookenham lo sopesó, y dijo:
—No, Edward. —Lo atalayó exhibiendo su más hermoso semblante—. No, a ti tampoco te apreciará en realidad. Pero dará lo mismo. —Esta vez lo hizo detenerse.
—¿Dará lo mismo si no le agradamos ni Harold ni tú ni yo? —Claramente, Brookenham sólo se sentÃa capaz de asimilar la premisa.
—Se mostrará lleno de consideración. ¡Será mérito de mamá! —exclamó la señora Brookenham—. Mamá, Edward —espetó con un destello de solemnidad—, mamá era maravillosa. Ha habido veces que he sentido que ella sigue aún con nosotros, pero el señor Longdon vuelve vivida esa sensación. Esté ella conmigo o no, en todo caso sà está con él, conque cuando él está conmigo, ya sabes…
—…¿viene a ser lo mismo? —preguntó inteligentemente su marido—. Entiendo. Y ¿cuándo fue la última vez que él estuvo contigo?
—No ha vuelto a estar conmigo desde la noche en que cenó aquÃ… pero eso fue sólo hace una semana. Pronto volverá: lo sé gracias a Van.
—Y ¿qué sabe Van?