La edad ingrata

La edad ingrata

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—Huy, toda clase de cosas. Le ha tomado un cariño enorme.

—¿El anciano… a Van?

—Van al señor Longdon. Y también viceversa. El señor Longdon ha sido sumamente considerado con él.

Brookenham seguía moviéndose de acá para allá:

—Pues si Van le agrada y nosotros no, ¿de qué nos sirve eso?

—Lo comprenderías muy pronto si percibieras la devoción de Van.

—¡Oh, querida, vaya cosas esperas que perciba! —se quejó con ironía Edward Brookenham.

—Bah, da igual. Pero él es tan devoto de mí como el señor Longdon lo es de mamá.

Esta declaración produjo por parte de Brookenham una inhabitual visión de la comedia de las cosas:

—¡Toda begonia tiene su jardinero! —Pero quizá (lo cual resultó bastante notable) hubo todavía más imaginación en sus inmediatas palabras—: Y ¿qué tal anda de patrimonio?

—¿El señor Longdon? Oh, muy bien. Mamá no habría salido perdiendo. Y no es que a ella eso le importase. Nanda debe agradarle —concluyó la señora Brookenham.

Su compañero semejó estudiar la idea y luego asimilarla:

—Primero el señor Longdon tendrá que verla.


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