La edad ingrata
La edad ingrata —¡Oh, ya lo creo que la verá! —aseveró la señora Brookenham—. De todos modos ya iba siendo hora de que Nanda asistiera a las tertulias.
—Ya era hora, bien lo sabes, en mi opinión, desde hace un año.
—SÃ, sé bien tu opinión. Pero no era hora.
Ella habÃa hablado con determinación, pero él pareció huraño a darle la razón:
—Tú misma reconocÃas que ya estaba preparada.
—Ella ya estaba preparada, sÃ. Pero yo no. Ahora sà lo estoy —proclamó la señora Brookenham, con un tenue énfasis en el adverbio, mientras giraba la cabeza para atender a la apertura de la puerta y la aparición del mayordomo, cuyo anuncio («Lord Petherton y el señor Mitchett») inmediatamente habrÃa podido parecerle a un observador el motivo de que en ella se hubiera verificado un cambio.