La edad ingrata
La edad ingrata Lord Petherton, hombre de treinta y cinco años, cuyas robustas aunque simétricas proporciones conferían a su chaqueta cruzada de color azul oscuro una apariencia de tirantez que casi ponía en entredicho a su sastre, tenía como primordial rasgo facial una cierta brutalidad agradable, mitad consecuencia de una hermosa exhibición audaz de dientes carnívoros, mitad consecuencia de una conformación de la nariz que sugería que dicho apéndice había pagado su pequeño tributo, en el ardor de la juventud, por algún enfrentamiento admirado en su momento e incluso públicamente conmemorado. Habría sido feo, según daba a entender sustancialmente, de no haber sido feliz; habría sido peligroso de no haber venido garantizado. Sin duda muchas cosas le prestaban este último servicio, pero ninguna tanto como el delicioso sonido de su voz, la voz, por así decirlo, de otro hombre, una naturaleza amansada, hiperdomesticada, adaptada a las perpetuas «chanzas» que lo conservaban sonriente de una manera que habría sido un error, e incluso una imposibilidad, de haber sido realmente perspicaz. Su brillante campechanía era la de un joven príncipe cuya confianza nunca se hubiese visto en la necesidad de dudar, y lo único que hasta cierto punto restringía esta semejanza era la pareja campechanía que él suscitaba en sus súbditos.
