La edad ingrata
La edad ingrata —¡Y lo mejor de todo lo que hay en ti es tu precioso, precioso orgullo! Eres más orgulloso que todos nosotros juntos. —Ella impidió un gesto que aparentemente él habÃa iniciado a guisa de protesta; con su humilde sabidurÃa, prosiguió—: No existe ningún hombre salvo tú a quien Petherton no habrÃa vuelto ordinario. El mismo no es ordinario… por lo menos no exageradamente; pero es ni más ni menos que una de esas personas, una tipologÃa que servidora conoce muy bien, que son hasta un grado terrible, en este paÃs, la causa de que los demás sà lo sean. Por lo que se me alcanza, él es la causa de que yo lo sea… incluso la causa de que lo sea el pobre Edward. Pues es que soy ordinaria, Mitchy querido… con gran frecuencia; y lo asombroso de ti es que nunca lo eres.
—Muchas gracias por todo. ¡Muchas gracias, en especial, por eso de «asombroso»! —sonrió forzadamente Mitchy.