La edad ingrata
La edad ingrata —¡Oh, sé lo que digo! —Ella no se sonrojó en lo más mÃnimo—. Voy a revelarte algo —prosiguió con idéntica seriedad— si prometes no contárselo absolutamente a nadie. Aunque tú seas orgulloso, yo no lo soy. ¡Ahà lo tienes! Ello es sumamente insólito, y procuro ocultarlo, incluso ante mà misma; pero no cabe la menor duda: no soy orgullosa pour deux sous. Y algún dÃa, en alguna situación terrible, ello quedará al descubierto. Te lo digo tal como es. ¿Seguirás queriéndome entonces?
—Hasta las últimas consecuencias —contestó Mitchy, leal—. Pues una mujer de inteligencia tan sobrenatural, ¿cómo puede, cómo necesita, ser «orgullosa»? El orgullo sólo es de utilidad cuando se agota el ingenio: es el tren que toma el ciclista cuando se le ha desinflado el neumático. Cuando tal cosa le ocurra a tu neumático, señora Brook, ven a contármelo. Y en este mismo instante me haces preguntarme —confesó— por qué estás tomando tan tremendas precauciones y apostando tal enjambre de soldados. Si lo que planeas es acabar conmigo, bastará con una única bala. —No vaciló sino un instante antes de completar su idea—: Adonde realmente quieres ir a parar es a que Nanda me aborrece y a que yo harÃa bien en no volver a preguntar por ella.
—¿Hablas en serio? —preguntó su compañera tras unos momentos—. Mitchy, ¿real y verdaderamente te gusta Nanda?