La edad ingrata
La edad ingrata —Me gusta tanto como ello es factible: tanto como a un hombre puede gustarle una muchacha cuando, desde el primer instante en que la vio y la apreció, vio también, y lo vio junto a todos los motivos, que él mismo carece de cualquier posibilidad con ella. Por supuesto, venciendo las tentaciones, dicho hombre ha hecho todo lo posible para no dar libre rienda a sus sentimientos. Pero hay ocasiones —agregó pesaroso el señor Mitchett— en que lo aliviarÃa enormemente sentirse libre de manifestar lo que lleva dentro de sÃ.
—Creo —repuso su anfitriona— que exageras las dificultades que hay en tu camino. ¿A qué te refieres con eso de «todos los motivos»?
—Caramba, uno de ellos ya lo he mencionado. A Nanda le pongo la carne de gallina.
—¡Mi querido Mitchy! —gimió la señora Brookenham en son de protesta.
—El otro es que (con toda razón) está enamorada.
—¿De quién diantre?
La señora Brookenham, con su atónita mirada, encaró los ojos masculinos lo bastante prolongadamente para haber averiguado algo gracias a éstos antes de que él tomara a hablar:
—¿De veras que nunca lo has sospechado? ¿De quién va a ser sino del querido Van?