La edad ingrata

La edad ingrata

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—¿Nanda está enamorada del querido Van? —A ella apenas le fue posible expresar el grado hasta el cual nunca lo había sospechado—. Caray, pero si él tiene el doble de edad: la conoció cuando ella llevaba un delantalito y se ensuciaba la cara y recibía un sopapo por esto último; jamás en la vida ha pensado en ella seriamente.

—¿Cómo puede una persona de tu agudeza, mi querida amiga —preguntó Mitchy—, afirmar que tales menudencias tengan el menor peso en este asunto? ¿Acaso es concebible que recibas en tu casa a un individuo tan admirable, tan deslumbrantemente apuesto, tan endiabladamente enterado en cuestiones de «cultura» y que los deja a todos en pañales en cualquier respecto, y esperar que en el seno de tu familia prevalezca esa ausencia de historia que caracteriza los mejores reinados? Si tú fueses una muchacha, ¿es que tú no te pondrías colorada? Si yo fuese una muchacha, ¿es que yo no me pondría también… a menos que, como es lo más probable, me pusiese verde de celos?

La señora Brookenham se sintió hondamente impresionada:

—¿Es que Nanda se pone colorada?…

—La tonalidad más preciosa que hayas visto jamás. Resulta muy ilógico que aún no hayas reparado en ello.


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