La edad ingrata
La edad ingrata Fue caracterÃstico de la cordialidad de la señora Brookenham el hecho de que, con su súbita conciencia de la importancia de esta nueva luz, se mostrara bien dispuesta a denigrarse a sà misma:
—Hay tantos elementos en la vida de una; una sigue husmillos falsos; una no lo discierne todo al primer golpe de vista. Si lo que dices es cierto debes ayudarme. Debemos velar por ella.
—Pero ¿de qué me servirá eso? —inquirió Mitchy.
—¿No te importa lo bastante para querer ayudarla a ella? —Entonces, antes de que él pudiese abrir la boca, su anfitriona exclamó con ternura—: ¡Mi pobrecita niña! ¿Qué piensa o sueña? ¡En verdad está haciendo méritos para ganar el cielo!
—¡Oh, él la aprecia! —dijo Mitchy—. De hecho la aprecia extremadamente.
—¿Quieres decir que él mismo te lo ha confesado?
—¡Oh no: nunca hablamos sobre eso! Pero él la aprecia —reiteró obcecadamente el señor Mitchett—. Y es un sentimiento enteramente sincero.
Durante un momento la señora Brookenham les dio vueltas a estas cosas; tras lo cual se manifestó de un modo que lo sorprendió visiblemente: