La edad ingrata
La edad ingrata —No se sabe muy bien de qué viven. Pero cuentan con medios de subsistencia… pues fue precisamente esto, según recuerdo, lo que demostró que si Brookenham se hizo con el cargo no fue porque anduviera en busca de empleo. El cargo le fue concedido, quiero decir, no por sus meras necesidades domésticas, sino por su notable eficiencia. Brookenham posee una heredad (un feo lugarcejo en Gloucestershire) que a veces alquilan. Su hermano mayor tiene la mejor, pero el caso es que la suya les proporciona ciertas rentas.
Por un instante, el señor Longdon se sumió en sus pensamientos:
—SÃ, ya recuerdo: uno oyó hablar de estas cosas en su época. Y ella debÃa de poseer algo.
—SÃ, desde luego, ella poseÃa algo… y siempre poseerá su enorme inteligencia. Sabe hacer las cosas la mar de bien. Las mujeres se las arreglan de maravilla.
—De maravilla —hizo de eco el señor Longdon inteligentemente—. Pero una casa en la calle Buckingham Crescent, habida cuenta del modo como parecen haber soñado con establecerse en tantas otras partes…
—Oh, las cosas les van bien —dejó caer Vanderbank tranquilizadoramente.
—Es reconfortante asegurarse de eso respecto de personas con quienes uno ha estado cenando. ¿Son cuatro los hijos? —continuó su amigo.