La edad ingrata
La edad ingrata —Oh, mil doscientas… y un buen montón de subsidios y descuentos y embarcaciones y esa clase de cosas. ¡Para realizar su trabajo! —exclamó, todavÃa con una cierta ligereza, Vanderbank.
—Y ¿cuál es ese trabajo?
El joven vaciló:
—Pregúnteselo a él. Se lo dirá encantado.
—Sin embargo no parecÃa persona que tenga mucho que decir —tornó a ponderar con exactitud el señor Longdon.
—Oh, no es asà cuando se aborda ese asunto. Póngalo a prueba.
Él observó más acusadamente a su anfitrión, cual si vagamente recelara una trampa; después, no menos vagamente, suspiró:
—Bueno, precisamente para eso he venido: para ponerlos a prueba a todos ustedes. Pero ¿él y su familia viven de eso? —prosiguió.
Otra vez Vanderbank titubeó: