La edad ingrata
La edad ingrata —¿La extraordinaria vitalidad de Brookenham?
De nuevo con las pinzas colocadas, el señor Longdon lo atalayó con una seriedad que no logró impedir que el otro descubriera en los ojos que habÃa tras ellas una tenue reverberación de su ironÃa.
—¡Oh, Brookenham! Debe usted contármelo todo sobre Brookenham.
—Ya veo que no es a eso a lo que usted se refiere.
El señor Longdon se abstuvo de negarlo:
—Me pregunto si comprenderÃa usted a qué me refiero. —Vanderbank se erizó de ganas de ser puesto a prueba, pero fue contenido antes de poder manifestarlo—. Y ¿cuál es su departamento, el de Brookenham?
—Oh, RÃos y Lagos: un asunto estupendo. Ingresó el año pasado.
El señor Longdon —aunque no demasiado crasamente— se maravilló:
—¿Cómo consiguió ingresar?
Vanderbank respondió riéndose:
—Digamos que ella lo ingresó.
Su amigo permaneció serio:
—Y en la actualidad ¿aproximadamente cuánto…?