La edad ingrata
La edad ingrata —¿El carruaje? —A Vanderbank le habÃa caÃdo tan bien, hallaba en él tal promesa de cosas gratas, que se sintió casi tentado de decir: «Querido y delicioso señor, no tome en cuesta esa cuestión: ¡estoy dispuesto a pagarle yo mismo al cochero toda una noche de espera!». En todo caso su asentimiento fue pleno—: Desde luego que sÃ. Es la única forma de olvidarse de ese problema.
—¡Ah, ustedes los jóvenes, ustedes los jóvenes! —volvió a quejarse su invitado. Ahora estaba ante la fotografÃa (Vanderbank tenÃa muchas, demasiadas fotografÃas) de algún otro pariente, y limpió con un pañuelo los lentes de montura de oro a través de los cuales habÃa estado lanzando admiraciones y recogiendo indicios de sorpresas—. ¡No diga bobadas! —continuó cuando de nuevo su amigo trató de interponer una protesta—; yo pertenezco a un periodo histórico diferente del suyo. Esta noche ha habido cosas que me han hecho sentirme como si me hubieran desenterrado… literalmente exhumado de un prolongado letargo. ¡Le aseguro que las ha habido! —insistió seriamente en su punto de vista.
Durante unos instantes Vanderbank se preguntó qué cosas concretamente podrÃan ser aquéllas: se halló deseando asimilar todo cuanto su visitante representaba, tomar posesión de ello e ingresar, por asà decirlo, en su bando. Tanteó, con intencionalidad desvergonzadamente sarcástica, una posibilidad inmediata: