La edad ingrata

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—Creo que es mi deber decirle que estoy estudiándolo a usted. Informarlo de ello no es sino jugar limpio —siguió, con una seriedad no desconcertada por la indulgencia del semblante de Vanderbank—. ¡Pero eso no debe serle motivo de preocupación! —agregó para restablecer la confianza, habiéndose parado entretanto ante una fotografía colgada de la pared—. ¡Ésta es la madre de usted! —exclamó con algo del regocijo de un niño que hace un descubrimiento o descifra un acertijo—. Todavía no logro relacionar los rasgos de usted con los de ella… con los de mi recuerdo de ella, recuerdo que, como ya le dije, es imborrable; pero seguro que lo lograré pronto.

Vanderbank era cada vez más consciente de que la clase de regocijo que él le suscitaba jamás podría ser óbice para el afecto:

—Por favor, tómese todo el tiempo que necesite.

El señor Longdon tomó a mirar su reloj:

—¿Realmente cree usted que debo hacerlo quedarse aguardándome?


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