La edad ingrata
La edad ingrata —¿Algo por lo cual muchÃsimas personas se dejarÃan la piel a tiras? —Tanto semejaba el anciano haber quedado insatisfecho con una descripción tan vaga, que su compañero dejó de lado todo escrúpulo:
—Soy el hombre más envidiado que conozco… de tal modo que si fuera una pizca menos amigable serÃa uno de los más odiados.
El señor Longdon se rió, aunque no del todo como si estuviesen bromeando:
—Entiendo. Sus agradables modales lo hacen salir airoso del trance.
Vanderbank no se mostró, empero, serio:
—¿Es que acaso no me harÃan salir airoso de cualquier trance?
Otra vez su visitante, a través del pince-nez, pareció coronarlo con una comisa como las de Whitehall, y dijo: