La edad ingrata

La edad ingrata

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—¡Ustedes los jóvenes, ustedes los jóvenes!…

—Pues ¿qué nos pasa a los jóvenes? —El tono de Vanderbank estuvo en consonancia con la gentileza de la alusión—. No soy tan joven, aparte, como usted da a entender.

—¿Cuántos años tiene, si no le importa?

—Caramba, tengo treinta y cuatro.

—Y ¿cómo llamaría usted a eso? ¡Yo tengo ciento tres! —El señor Longdon sacó su reloj—. Son sólo las once y cuarto. —Después inquirió con un rápido desplazamiento del interés—: ¿Cuál dijo usted que era su cargo público?

—Trabajo en el Tribunal de Cuentas. Soy presidente delegado.

—¡Caracoles! —El señor Longdon lo miró como si fuera un edificio de cincuenta ventanas—. ¡Menuda cabeza debe usted tener!

—Ya lo creo: nuestra cabeza[7] es Sir Digby Dence.

—Y ¿qué trabajo le damos los ciudadanos a usted?

—Vaya, ustedes me doran la píldora… aunque tal vez no muy densamente. Pero se trata de un puesto decente.


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