La edad ingrata
La edad ingrata El cachivache en cuestión era el ascensor en el cual, remolonamente y con muchas estridencias y chirridos, el portero transportó a los dos caballeros hasta la vertiginosa cúspide, tal como fue calificada aquella elevación por el señor Longdon, donde Vanderbank tenía su nido. La impresión que a aquél le produjo el mentado artilugio lo hizo aparecer como una persona sencillota, y sin embargo cuando su compañero, una vez llegados, haciéndolo pasar, pulsó el instantáneo interruptor y, en la confortable habitación rubicunda, toda comodidad y temperamento, le dedicó una nueva mirada junto a la chimenea, no le apreció ningún rasgo abultado. El señor Longdon era liviano y pulcro, de complexión frágil y de rostro a la vez enjuto y cordial, con cejas negras exquisitamente delimitadas y un dócil cabello espeso donde lo plateado se entreveraba de oscuras sombras. No llevaba barba ni bigote y en el parpadeo de sus despiertos ojos castaños y la decidida calidez de su sonrisa semejaba portar más que suficientes elementos para compensar lo que en él pudiera ser, despistada u obtusamente, echado en falta en cualquier otro respecto: lo cual podía denominarse envergadura, sustancia, presencia… algo que vulgarmente se llama importancia. De hecho el señor Longdon no tenía presencia, pero extrañamente sí tenía efecto. Casi habría podido ser un sacerdote, si los sacerdotes, como se le ocurrió a Vanderbank, pudieran ser tales dandis. En lodo caso ya había doblado conclusivamente el Cabo de los Años: nunca más volvería a tener cincuenta y cinco; a la avisadora luz de este árido promontorio ya le había vuelto una sufcientemente sabedora espalda. No obstante, aun cuando, al modo de ver de Vanderbank, no le era dado parecer joven, se aproximaba bastante —extraña y graciosamente— a parecer nuevo; por cierto que esto, tras unos instantes, acaso proviniera principalmente de la perfección de su traje de etiqueta y la especial elegancia del gabán sin mangas que evidentemente el señor Longdon había adquirido para complementarlo y que incluso quizá se había puesto hoy por vez primera. En casa de la señora Brookenham había estado hablándole a Vanderbank sobre Beccles y Suffolk; mas no había sido en Beccles, ni en ninguna otra parte del condado de Suffolk, donde habían sido confeccionadas estas galas. Su resultado personal ya había sido, por muy inintencionadamente que lítese, presentar bajo una luz favorable esta región ante su interlocutor. A ese respecto, Vanderbank poseía la clase de imaginación que gusta de ubicar a los objetos, aun hasta el punto de olvidarse de ellos para concentrarse en sus condiciones circundantes: ya estaba imaginándose cuán acogedora y apacible localidad debía ser la que había conservado a un hombre con la inteligencia tan despejada al mismo tiempo que le había permitido mantenerse tan apuesto. De cualquier manera este producto de Beccles aceptó un cigarrillo —asimismo como una broma y una travesura— y escudriñó su derredor como si se sintiese aún más encantado de lo que se había esperado. Enseguida prorrumpió, a través de sus quevedos, en una exclamación que fue como una fugaz punzada de envidia y pesadumbre: