La edad ingrata
La edad ingrata —Ustedes los jóvenes, creo, hacen aguardar los carruajes durante horas, ¿verdad? ¡Por lo menos eso hacÃan en mis tiempos —dijo riendo el anciano— los jóvenes impetuosos! Pero es que me parece que todos eran impetuosos entonces. Seguramente cuando uno se instala en la capital termina por aprender cómo manejarse; sólo que me temo, ¿sabe?, que me hallo completamente desintonizado. En verdad me siento bastante enmohecido. ¡Son ya treinta años…!
—¿Desde que estuvo usted en Londres por última vez?
—SÃ, para pasar más de unos pocos dÃas seguidos, palabra de honor. Usted no lo entenderá: no más, seguramente, de lo que yo mismo entiendo cómo, al fin y a la postre, he aceptado esta paradójica perspectiva de regresar para siempre. Mas no me cabe duda de que acabaré solicitándole, si tiene usted la amabilidad de permitÃrmelo, la ayuda de una orientación o dos: sobre cómo manejarse, ¿comprende?, y no (¿cómo se lo llama a eso?) ser manejado. ¡Ahora bien, en lo tocante a estos cachivaches…!
