La edad ingrata

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I

Excepto cuando daba la casualidad de que llovía Vanderbank siempre regresaba a casa caminando, pero normalmente tomaba un cabriolé cuando la lluvia era moderada y adoptaba la predilección de todo filósofo cuando la lluvia era recia. Por consiguiente, en esta ocasión advirtió, al abrirle la puerta el criado, cierta congruencia entre el clima y aquel «cuatro ruedas» que, en la vacía calle, bajo el acristalado resplandor, aguardaba y chorreaba y oscuramente relucía[6]. El mayordomo lo describió como lo único que, en noche tan desapacible, habían podido procurarle, y Vanderbank, tras contestar que era precisamente lo que mejor le venía, se dispuso, desde el umbral, a abrir su paraguas y precipitarse hacia el carruaje. En este instante oyó su apellido pronunciado por alguien detrás suyo y, al darse la vuelta, se vio frente a un compañero de reunión entrado en años con quien había estado charlando tras la cena y sobre el cual, un poco más tarde, en el piso superior, había sondeado a la anfitriona. Ahora se presentaba claramente el problema de lograr que volviera a casa este amigable, este aparentemente blando sujeto: la posibilidad de que no se presentara ese otro carruaje en acecho del cual uno de los lacayos, con un silbido en los labios, aún seguía estirando el cuello y escuchando a través del aguacero. El señor Longdon se preguntó, ante Vanderbank, si por un acaso sus itinerarios no serían semejantes; lo cual indujo a nuestro joven amigo a expresar inmediatamente su disposición a conducirlo sano y salvo en cualquier dirección que le conviniera. Visto que el silbido del lacayo se perdía en vano, ambos montaron en el cuatro ruedas, donde, al cabo de unos instantes, Vanderbank cobró conciencia de haber propuesto su propio domicilio como final de trayecto. ¿Acaso eso no sería una más idónea culminación de la velada que separarse lisa y llanamente mientras caían chuzos de punta? Le había agradado su nuevo conocido, quien le dio la impresión de hasta cierto punto haberse colocado bajo su amparo, quien se alojaba en un hotel que a aquellas horas presumiblemente resultaría inhóspito y quien, confesando con abierta humildad una relación decididamente tímida con un club donde no estaba permitido traer visitas, aceptó, ante las insistencias, aquella invitación. Cuando llegaron, Vanderbank se sintió divertido ante el aire de sobreañadida extravagancia con que su nuevo conocido ordenó que el carruaje se quedara allí aguardándolo: resultó bien patente que hasta ese grado disfrutaba de la perspectiva de convertir todo aquello en una ocasión memorable.


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