La edad ingrata

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—¡Es todo un piropo, duquesa… y me siento obligado a decir que, para ser una mujer inteligente, te has puesto demasiado al descubierto! De todas maneras yo experimento una sensación de seguridad —continuó Lord Petherton— gracias a las buenas relaciones cada vez mejor cimentadas entre la pobre Fanny y la señora Brook. La señora Brook es rematadamente amable con ella y rematadamente inteligente, y Fanny acepta de ella intimaciones que no aceptaría de mí. ¿No sabéis que no hago más que decirle a la señora Brook: «No la pierdas de vista y háblale sin rodeos»? Fanny no tiene, palabra de honor, a nadie en el mundo excepto a mí.

—¡Y ya conocemos el alcance de ese recurso! —exclamó la duquesa con desparpajo.

—Es exactamente lo que dice Fanny: que ella ya lo conoce —asintió Petherton bienhumoradamente—. Dice que mi brutal hipocresía le da grima. Hay personas —siguió divagando placenteramente— que son generosísimas en consejos, pero en su mayor parte éstos son absurdas majaderías. Los consejos de la señora Brook no lo son, palabra de honor: ¡yo mismo he probado algunos!

—Hablas como si se tratase de alguna asquerosa vianda casera… ¡zumo de uvas! —dijo riéndose la duquesa—; pero es imposible conocer a nuestra querida amiga, cierto es, sin enterarse de que ha puesto, en beneficio de sus amistades, una pequeña consulta. Examina los síntomas, se acaricia la barbilla y receta…


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