La edad ingrata

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—…¿la pinta que tenía Apolo? —Mitchy reflexionó—. Caramba, lo que ocurre es que precisamente el aspecto de Van les permite hacerse una idea, y así, ya ve usted, disponen de un término de comparación. ¿No es eso lo que se llama un círculo vicioso? Pues yo participo un poco de este vicio femenino.

El señor Longdon, que una vez más se había detenido, una vez más se puso a desplazarse de costado. Luego habló desde el otro lado de la extensión de una mesa cubierta de libros para los cuales no había espacio en los anaqueles, cubierta de portafolios, vulgares carpetas guarnecidas de cuero, documentos límpidamente apilados. El sitio era una miscelánea, mas no un caos: un cuadro de admirable orden.

—Si usted y yo formamos una sociedad de dos miembros, permítame, aceptando tal idea, hacer algo que, de esta guisa, bajo el techo de un caballero y mientras disfrutamos de su hospitalidad, en circunstancias normales tal vez me parecería algo así como una traición.

—¡Vamos, dispare! —exclamó riendo Mitchy. Posiblemente ello estremeció a su interlocutor, que otra vez hizo una tregua tan larga que finalmente él ocupó su lugar—: ¿Por qué nuestro anfitrión no se casa, quiere usted preguntar?

Manifiestamente el señor Longdon se ruborizó en admisión:


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