La edad ingrata
La edad ingrata —Es usted muy agudo; conque, teniendo en cuenta lo que nosotros tenemos a la vista…, ¿por qué nuestro anfitrión no se casa?
Visiblemente Mitchy continuó experimentando cierto regocijo, que habrÃa podido ser, esta vez y pese a la coalición que él mismo habÃa estatuido, a causa de lo que «ellos» tenÃan a la vista. Pero tras un instante espetó una contestación que claramente aspiraba a ser satisfactoria:
—Él cree no contar con los suficientes medios. Tiene ideas muy elevadas sobre lo que debe ofrecérsele a una mujer.
Los ojos del señor Longdon escudriñaron unos instantes las comodidades que lo rodeaban:
—¿Él no se valora a sà mismo…?
—…¿lo necesario para considerarse bastante tal como actualmente es? No —dijo Mitchy—, creo que no tiene una opinión muy exaltada de sà mismo tal como actualmente es. Y ya que estamos quemando este incienso bajo las narices de Van —agregó—, asimismo mi impresión es que no tiene dinero ahorrado. En Londres las mujeres salen muy caras.
El señor Longdon guardó silencio unos instantes; luego dijo:
—Son muy ambiciosas, sospecho.