La edad ingrata

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—Oh, tremendamente. Lo quieren todo. Me refiero a la clase de mujeres con quienes él se codea. Un hombre modesto (y además pobre) no se siente tan obligado. Le cuento todo esto, en cualquier caso, como la opinión que él tiene. Hay cantidad de mujeres que estarían dispuestas (y con la mayor felicidad) a «amarlo por lo que él es»; pero las cosas no son tan simples, y éstas no son necesariamente las mujeres más adecuadas, y de todas formas él no acaba de verlo claro. El resultado de todo lo cual es que se mantiene a la espera.

—¿A la espera de sentirse enamorado?

Mitchy vaciló:

—Bueno, estamos hablando de matrimonio. Por supuesto me dirá usted que existen mujeres adineradas. Existen —pareció meditar un instante—, ¡y bastante peliagudas!

Ante esto, los dos hombres intercambiaron una larga mirada.

—Él no debe hacer eso.

De nuevo Mitchy guardó silencio, pero al fin dijo:

—No lo hará.

También el señor Longdon guardó silencio, que enseguida interrumpió poniéndose bruscamente en movimiento a su peculiar modo:

—¡Desde luego que no!


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