La edad ingrata

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Una vez más Mitchy estuvo un rato contemplándolo andar de acá para allá, mas ahora, familiarmente aunque con pronunciado énfasis, fue él mismo quien reanudó el coloquio:

—Escuche, señor Longdon. ¿En serio está haciéndose cargo de él?

Y sin embargo otra vez, ante el tono de esta pregunta, el anciano se sonrojó visiblemente. Fue como si su amigo hubiera hecho salir a la superficie una excitación interior, y el anciano se rió debido a la turbación:

—Ve usted las cosas con un desparpajo tal…

—Sí, y así es también como las expreso. Las veo, ya lo sé, con gran raccourci; pero, qué le vamos a hacer, es que el tiempo es breve, si bien por suerte usted y yo nos entendemos. Lo que ahora quiero es simplemente decir —y Mitchy habló con una sencillez y una seriedad que hasta el momento no había mostrado— que si en algún instante su interés en él llegase hasta el punto de desear hacer una u otra cosa (no importa cuál, ya sabe) por él…

Mientras él titubeaba, el señor Longdon pareció extrañado, mas utilizó un tono cortés:

—¿Y bien?

—Caramba —dijo el espoleado Mitchy—, pues que me permita, por Dios, meter baza.


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