La edad ingrata
La edad ingrata Acaso el momentáneo desconcierto del señor Longdon no fuera, en parte, más que una natural consecuencia de la prudencia que lo caracterizaba:
—¿Meter baza?
—Quiero decir: permÃtame ayudar.
—¡Ah! —exhaló meditabundo el anciano sin sostenerle la mirada.
Mitchy, como si tuviera aún más que decir, lo escudriñó unos segundos; entonces se reprimió antes de haber empezado a plantear nada:
—Cuidado, que aquà viene Van.
Habiendo oÃdo el movimiento de la puerta por la cual él mismo habÃa entrado, se dio la vuelta; pero en un primer momento se abrió tan sólo para dar paso al criado de Vanderbank.
—¡La señorita Brookenham! —anunció el hombre; ante lo cual los dos caballeros de la habitación (audiblemente, casi virulentamente) prorrumpieron en compartida sorpresa.