La edad ingrata

La edad ingrata

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

XI

A despecho de cualquier cosa que los demás hubiesen dicho de ella, Nanda no era persona propensa a achicarse, pues, aun cuando se detuvo un instante al no encontrar en la habitación al individuo cuya invitación había aceptado, al instante siguiente se adelantó como si cualquiera de los caballeros que tenía ante ella sirviera para el caso. «¿Qué tal está, señor Mitchy? ¿Qué tal está, señor Longdon?». No hizo distinción alguna entre ellos, hablándole al más maduro, a quien jamás había visto, como si ya lo conociese desde hacía tiempo. Por lo demás, en el aire de este último personaje en esta coyuntura había poco que invitase a tanta confianza: el anciano parecía haber sido atacado, de la más extraña de las maneras, por un sobresalto de inmovilidad y, sin extender la mano para saludarla, se limitaba a mirar fijamente con rigidez y sin sonrisa. Un observador resuelto a analizar la escena habría podido figurarse que se sentía una pizca disgustado por las familiaridades de la muchacha o incluso, como singular efecto de la soltura de ésta, sumido en una aún más honda timidez. Empero dicha soltura, por su parte, no reparó en que se hubiera producido ninguna turbación sino que pareció acrecida por el hecho de que la muchacha se mostrara casi antinaturalmente seria; y por fin la susodicha soltura rebosó con el siguiente requerimiento:


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker