La edad ingrata
La edad ingrata —¿Pretenden decirme que Van no está? He venido aquà sin mamá: ella me ha dado permiso para venir sola para verlo a él —continuó, dirigiéndose más particularmente a Mitchy—. Pero no me ha dado permiso para hacer nada semejante para verlo a usted.
Aunque habÃa un elemento de seriedad en Nanda y un elemento de perplejidad en su compañero más maduro, no hubo, por lo menos en superficie, nada en el señor Mitchett excepto su habitual abundancia de jovialidad:
—¿De veras te ha enviado asà sola? —Entonces, mientras el rostro de la muchacha encaraba el suyo con una inequÃvoca confesión de que en efecto asà era, él preguntó con inmenso regocijo—: ¿Será que se muestra tan espléndida con algún propósito determinado? ¿Cuál crees que es su intención? —Ahora la mirada de Nanda se habÃa vuelto hacia el señor Longdon, a quien atalayó con su suave franqueza; lo cual movió a Mitchy a insistir y repetir su pregunta—: ¿A que es encantadora la señora Brook? ¿Cuál crees que es su intención?