La edad ingrata
La edad ingrata Aquello era un salto hacia lo ignoto, un salto del cual permaneció inconsciente el visitante más maduro, quien se limitó a seguir contemplando a Nanda con la misma frialdad de asombro. Por el momento toda expresividad habÃa cesado en el señor Longdon, mas enseguida principió a mostrar que su expresividad únicamente habÃa quedado retardada. Asà y todo, fue casi con solemnidad como extendió la mano:
—¿Qué tal estás, qué tal estás? ¡Encantado de conocerte!
Nanda estrechó su mano como si ya lo hubiese hecho antes, aun cuando habrÃa podido ser precisamente su pinta de sentirse curiosa lo que sobreseyó cualquier pinta de sentirse divertida.
—Mamá tenÃa unas ganas locas de que yo lo conociese. Me ha dicho que le dé recuerdos de su parte —dijo. Después añadió de un modo extrañamente digresivo—: No he venido en nuestro carruaje, ni en un coche de alquiler o un ómnibus.
—¿Has venido en bicicleta? —inquirió Mitchy.
—No, caminando. —Ella continuaba hablando sin una sonrisa—. Mamá quiere que yo haga de todo.