La edad ingrata
La edad ingrata —¡Incluso caminar! —exclamó Mitchy riéndose—. ¡Oh, desde luego debemos, en estos tiempos, caminar con paso firme! —En la aún mayor elevación de ánimo de este visitante, el ingenioso observador recientemente esbozado habrÃa podido incluso detectar una ausencia de mera serenidad interior.
Ella no habÃa advertido el efecto sobre él de la alusión a su madre y, perceptiblemente, tampoco prestó atención al comportamiento del señor Longdon o sus palabras. Lo que sà hizo —mientras los dos hombres, sin ofrecerle, ninguno de ellos, asiento, prácticamente se abismaban en sus intensificadas percepciones— fue prestarle atención a todo aquel domicilio, examinando los libros, los cuadros y otros objetos significativos y especialmente la mesita puesta para el té, a la cual el criado que la habÃa hecho pasar volvió ahora trayendo una hervidora humeante.
—¿A que es un domicilio encantador? ¿Va a venir alguien más? ¿Dónde está el señor Van? ¿Preparo el té? —Hubo un tenue temblor, indicio de un dominio de la situación quizá más anhelado que logrado, en la velocÃsima sucesión de estas exclamaciones femeninas. Mientras tanto el criado habÃa colocado el agua caliente sobre un velón de plata y abandonado la habitación.