La edad ingrata

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—¿Cree usted que habrá ocurrido algún percance? ¿No debería el criado… o sabe usted cuál es el cuarto de nuestro anfitrión? —El señor Longdon, dirigiéndose a Mitchy con preocupación, comenzó empero a patentizar, en un semblante menos perplejo, el retomo de su sentido de las relaciones de las cosas. Era como si le hubiera sucedido algo y se aprestara a transformar los indicios de ello en la apariencia de una mera inquietud por aquella infracción de la etiqueta.

—¡Oh —dijo Mitchy—, Van sólo está poniéndose guapo! —explicación ésta de la ausencia de su invitador que restó algo de efecto a la aparición del mismo en aquel preciso momento por la puerta más distante del punto donde los tres estaban situados juntos.

Vanderbank penetró con cordial premura y desde luego con cierto aspecto —reanimado, casi sonrosado, espléndidamente cepillado y raudamente abotonado— de salir, casi sin aliento, de placenteras abluciones y vivificaciones:





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