La edad ingrata
La edad ingrata —¡Qué grosero soy por haberos hecho esperar! Es que vuelvo del trabajo hecho un asco. ¿Qué tal está usted? ¿Qué tal estás? ¿Qué tal estás? ¿Qué os ocurre que estáis todos ahà apelotonados como si estuvierais en una isleta del tráfico? Deseo que consideréis esto un refugio… ¡pero no de esa clase! —dijo riendo—. ¡Sentaos, por Dios; tumbaos; sed felices! ¡Naturalmente ya os habréis conocido todos… excepto que Mitchy es tan reservado! ¡El té, el té! —Y se acercó agitadamente a la mesa, donde, al instante siguiente, se declaró incompetente y desvalido—: Nanda, preciosa, ¿te importarÃa prepararlo tú? ¡Cuán amable por tu parte! ¿Te va todo bien? —Dicho esto, semejó percatarse, por primera vez, de la ausencia de alguien—: ¿Tu madre no viene? ¿Te ha dejado venir sola? ¡Cuán amable por su parte! —Nanda, despojándose de sus guantes, inmediatamente se habÃa consagrado a valer a su anfitrión; ante lo cual este último, apartándose de la mesa y posando la mano sobre el hombro del señor Longdon para conducirlo hasta un sofá, continuó hablando, haciendo sonar una nota cuyo humorismo estuvo en la exageración de su frenes×: ¡Cuán amable por vuestra parte haber venido, cuán extraordinariamente considerado! Espero que tu madre no esté enferma. Por favor, Mitchy, repantÃgate. ¡Túmbate, Mitchy, túmbate!: es la única manera de retenerte. —No esperó a oÃr un informe sobre la salud de la señora Brookenham, y habrÃa parecido indudable (para nuestro agudo espectador, una vez más) que no encontraba nada de asombroso en la llegada de su hija sola.