La edad ingrata
La edad ingrata —Durante el desayuno me enseñó los pequeños trucos para hacerlo bien. Pensó que tal vez yo tendrÃa que prepararlo aquà y me ordenó que me ofreciese a hacerlo —insistió la muchacha—. Yo nunca habÃa tenido esta oportunidad en casa: normalmente tomo el té en el piso superior. Me lo traen en una taza, ya hecho y muy poco cargado, con un trozo de pan con mantequilla en el platito. Eso porque soy muy joven. Tampoco Tishy me deja nunca preparar el suyo; conque hay que recuperar el tiempo perdido. Eso es lo que me ha dicho mamá —siguió desarrollando su relato, y su juvenil taxatividad claramente tuvo algo que ver con cierto aspecto reconcentrado que apareció en el pálido semblante del señor Longdon—. Mamá no está enferma, pero ya ayer me habÃa dicho que no iba a venir. Dijo que en realidad toda esta reunión es por mÃ. ¡Lo cierto es que espero que lo sea! —Con lo cual brilló en los ojos de ella, tenuemente pero quizá por ello más hermosamente, el primer destello de la alegrÃa de una risa—. Dijo que tú comprenderÃas, señor Van… sobre la base de algo que le mencionaste a ella. Todo es para que yo conozca al señor Longdon sin que ella esté presente para, en su propia opinión, arruinarlo todo.